1
Troya
2
Cícones
3
Lotófagos
4
Polifemo, el cíclope
5
Eolo, el señor de los vientos
6
Circe, la hechicera
7
Sirenas
8
Escila y Caribdis
9
Helios, El Dios del Sol
10
Calipso, la ninfa
11
Nausícaa, la princesa
12
Odiseo en Ítaca
Explicación
La Guerra de Troya había terminado.
Después de diez años de luchas y
penurias, los guerreros aqueos regresaban
a sus ciudades y sus islas, triunfadores. O,
al menos, sobrevivientes.
Odiseo y su flota partieron rumbo a su
querida isla de Ítaca. El plan era
acompañar a los barcos de Agamenón una
parte del camino.
Pero ese era el plan de los hombres.
Los dioses no lo habían dispuesto así. Una
tempestad separó las dos flotas.
Empujados por el viento, Odiseo y sus
hombres llegaron a la costa de Tracia,
donde no fueron bien recibidos. En
terrible lucha contra sus habitantes, los
cicones, tomaron y saquearon la ciudad de
Ísmaro. Odiseo solo le perdonó la vida a
un sacerdote de Apolo que, en
agradecimiento, le regaló muchos odres
de vino dulce tan fuerte, que para beberlo
había que diluir una copa en veinte copas
de agua.
La siguiente escala fue en la isla de
Sicilia. Odiseo y sus hombres se
adentraron en tierra para buscar
provisiones. Habían matado varias cabras
cuando encontraron una enorme caverna
que parecía habitada. Allí había queso,
cuajada y otras delicias. Mientras las
probaban, encantados, llegó el dueño de
la cueva, un pastor con su rebaño.
Pero los héroes aqueos jamás habían
visto un pastor como ese: era un cíclope,
un gigante enorme, con un solo ojo en
medio de la frente. Antes de que nadie
hubiera atinado a escapar, el cíclope
cerró la puerta de la cueva con una roca
tan inmensa que ni siquiera veintidós
carros de cuatro ruedas hubieran logrado
moverla.
iempre a merced de vientos
contrarios, los barcos griegos llegaron
luego a una isla desconocida. Odiseo
envió tres hombres a informarse sobre sus
habitantes. Pero los hombres no
volvieron. Un contingente armado fue a
buscarlos y los encontró sanos y salvos,
comiendo un delicioso fruto del país, en
alegre compañía con sus habitantes, los
lotófagos.
Quien probaba los lotos perdía la
memoria y, por lo tanto, la humanidad.
Los tres exploradores de Odiseo ya no
recordaban ni los horrores de la guerra ni
las alegrías de su patria, ni siquiera sus
propios nombres.
Los aqueos fueron más afortunados en
la siguiente escala. Eolo, el Señor de los
Vientos, los recibió generosamente en su
palacio. Cuando decidieron seguir viaje,
Eolo le entregó a Odiseo una bolsa de
cuero.
—Cuida mucho esta bolsa —le dijo—.
Aquí están encerrados todos los vientos
del mundo. No los dejes salir. Solo he
dejado libre una suave brisa que los
llevará directamente a Ítaca.
Azotado por un vendaval, el barco tocó tierra en una isla poblada de extraños animales: lobos y leones parecían saludar
a los hombres y se acercaban a lamerlos
con afecto.
Un grupo de valientes salió en busca de
agua dulce y provisiones. Era la isla de
Circe, diosa y hechicera. Con tanta
gentileza invitó a los exploradores a su
palacio, que esos hombres precavidos por
la desdicha (pero hambrientos) aceptaron
compartir el banquete. Solo uno se negó a
entrar y, al ver que los demás no volvían,
corrió a informar a Odiseo la horrible
noticia: Circe los había convertido en
cerdos.
El héroe ordenó a todos sus hombres
taparse los oídos con cera. Pero como
tenía muchísima curiosidad por conocer el
famoso canto de las sirenas, se hizo atar
al mástil para escucharlas sin riesgo.
—Si trato de soltarme, átenme con más
fuerza —ordenó.
Y cuando, enloquecido por la canción
mágica, Odiseo trató de desatarse para
arrojarse al mar, sus marineros, que no lo
oían, cumplieron lo pactado.
Pero un poco más adelante los
esperaban las Rocas Errantes. Y cuando
consiguieron atravesarlas, se encontraron
con el estrecho entre Escila, con sus seis
perros gigantescos, y Caribdis, el
horrendo ser que bebía tres veces por día
el agua del mar para después expulsarla
en forma de remolino.
Los sobrevivientes atracaron en la
tierra de Helios, el dios Sol, donde
estaban sus tentadores rebaños de vacas
blancas. Odiseo ordenó respetarlas. Pero
mientras dormía, sus compañeros,
hambrientos y desesperados, mataron
varios animales. Solo Odiseo se negó a
participar en el banquete sacrílego.
Helios se quejó a Zeus de la falta de
respeto de los hombres. En cuanto se
hicieron otra vez a la mar, Zeus,
indignado, lanzó un rayo que hundió la
nave
Calipso se enamoró de
Odiseo y usó todos sus poderes de mujer
divina para retenerlo. Durante años,
Odiseo vivió junto a Calipso, en esa isla
que era para él paraíso y prisión al mismo
tiempo.
Se pasaba los días sentado en la playa
mirando tristemente el mar. Finalmente, el dios Hermes llegó con
una orden directa de Zeus. Calipso debía
dejar que Odiseo continuara su viaje.
Llorando, la ninfa le dio los materiales y
las herramientas para construir una
pequeña embarcación, que aprovisionó
ella misma
Cuando Odiseo despertó, un pastorcillo
estaba junto a él. Era la diosa Atenea, su
antigua protectora, que había llegado para
ayudarlo. La diosa le aconsejó que solo se
diera a conocer a su viejo porquerizo,
Eumeo, que lo informaría sobre la
situación en la isla.
Ciento ocho hombres pretenden a tu
mujer y tu trono —le dijo Eumeo, después
de la emoción del reencuentro—.
Odiseo fue muy bien recibido por los
reyes. Como siempre, la princesa se había
enamorado de él, y le ofrecieron su mano.
Como siempre, la rechazó.
—Ya tengo esposa. Se llama Penélope.
Y tengo un hijo que era apenas un bebé
cuando dejé Ítaca. Telémaco debe tener
ya más de veinte años, no conoce a su
padre y ni siquiera sabe que está vivo.
La tierra de los feacios estaba cerca de
Ítaca. El rey ordenó que uno de sus barcos
lo llevara hasta su patria
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