Yo
Hoy pasé por el barrio y vi a una madre con sus hijos buscando comida en las bolsas de basura. Me dolió el corazón.
Yo
Me acerqué y le pregunté si necesitaba ayuda. Me dijo: ‘Lo que más necesito es que alguien nos escuche, que entiendan que el hambre no es culpa nuestra, sino de un sistema que nos olvida’.
Amigo
Es increíble que en un país tan rico en tierras y recursos, haya familias que no tengan qué comer.
Yo
Sí, y mientras tanto, los discursos oficiales hablan de progreso. Pero el progreso no se mide si los niños se acuestan con hambre.
Amigo
Conciencia es reconocer que no podemos normalizar esa injusticia.
Narrador
Carlos y Ana conversaban en la plaza después de escuchar las noticias sobre un nuevo escándalo de corrupción.
Carlos
¿Viste? Se robaron el dinero destinado a los hospitales.
Ana
Es indignante. Mientras tanto, la gente muere esperando atención médica.
Carlos
Lo peor es que muchos lo justifican diciendo que ‘todos los políticos son iguales’.
Ana
Ese pensamiento nos condena. Si aceptamos la corrupción como normal, nunca habrá justicia.
Narrador
Ambos sabían que la corrupción no era solo un delito, sino una herida que mantenía al país atrapado en la desigualdad.
Narrador
En una esquina de Bogotá, Julián y Camila discutían sobre la desigualdad que los rodeaba. Julián pensaba en su padre, desempleado desde hacía meses, mientras Camila recordaba a su vecina que trabajaba día y noche sin poder pagar la universidad de sus hijos.
Julián (pensando)
¿Por qué unos tienen tanto y otros nada? Es como si la justicia estuviera ciega.
Camila (pensando)
Quisiera que alguien entendiera que la desigualdad no es un destino, sino una decisión de quienes gobiernan.
Julián (en voz alta)
La brecha entre ricos y pobres nos está destruyendo.
Camila (en voz alta)
Sí, y lo más triste es que muchos creen que no se puede cambiar.
Narrador
Ambos compartían la misma angustia: la certeza de que la desigualdad no era un accidente, sino el resultado de un sistema que favorecía a unos pocos y olvidaba a la mayoría.