“Y
dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y
manden en los peces del mar y en las aves de los cielos, y en las bestias y en
todas las alimañas terrestres, y en todas las sierpes que serpean por la
tierra. Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó,
macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: «Sed fecundos y
multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en
las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra». […] Vio
Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien. Y atardecío y amaneció: día
sexto.” (Gn 1 26-28.31).
“Entonces
Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices
aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. Luego plantó Yahveh Dios
un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado […] para
que lo labrase y cuidase. Y Dios impuso al hombre este mandamiento: «De
cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y
del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio».
Dijo luego Yahveh Dios: «No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una
ayuda adecuada». […] Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el
hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío
con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una
mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: «Esta vez sí que es
hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del
varón ha sido tomada». Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une
a su mujer, y se hacen una sola carne.” (Gn 2,7-8.15-18.21-24).
“Porque
Dios creó al hombre para la incorruptibilidad, le hizo imagen de su misma
naturaleza; mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo, y la
experimentan los que le pertenecen. (Sb 2,23-24).
El
hombre, tentado por el diablo, dejó apagarse en su corazón la confianza hacia
su Creador y, desobedeciéndole, quiso «ser como Dios» (Gn 3, 5), sin Dios, y no
según Dios. Así Adán y Eva perdieron inmediatamente, para sí y para todos sus
descendientes, la gracia de la santidad y de la justicia originales. (CCIC 75).