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Roland Barthes - La guerra de los lenguajes

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El susurro del lenguaje (1994), 135-139

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Roland Barthes - La guerra de los lenguajes
 

Roland Barthes - La guerra de los lenguajesOnline version

El susurro del lenguaje (1994), 135-139

by MELINA DESIREE MURILLO GONZALEZ
1

Roland Barthes. Perspectiva estructuralista del análisis del lenguaje

La guerra de los lenguajes

Roland Barthes

1994

En El susurro del lenguaje, 135-139

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Paseándome un día por mi tierra, que es el sudoeste de Francia, apacible país de modestos jubilados pensionistas, tuve ocasión de leer, a lo largo de unos centenares de metros, tres letreros distintos en la puerta de tres casas: Chien méchant. Chien dangereux. Chien de garde. Como puede verse, es un país que tiene un agudo sentido de la propiedad. Pero no radica ahí el interés del asunto, sino en lo siguiente: las tres expresiones constituyen un único y mismo mensaje: No entres (o te morderán). En otras palabras, la lingüística, que sólo se ocupa de los mensajes, no podría decir acerca de ellos nada que no fuera simple y trivial; no podría agotar, ni mucho menos, el sentido de tales expresiones, porque ese sentido está en su diferencia: «Chien méchant» es agresivo; «Chien dangereux» es filantrópico; «Chien de garde» es aparentemente objetivo. Dicho otra vez en otras palabras, estamos leyendo, a través de un mismo mensaje, tres opciones, tres compromisos, tres mentalidades, o, si así lo preferimos, tres imaginarios, tres coartadas de la propiedad; el propietario de la casa utiliza el lenguaje de su letrero —lo que yo llamaría su discurso, ya que la lengua es la misma en los tres casos- para resguardarse y protegerse detrás de una determinada representación, es más, me atrevería a decir que detrás de un determinado sistema de la propiedad: salvaje en uno (el perro, o sea, el propietario, es malvado); en otro, protector (el perro es

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peligroso, la casa está armada); finalmente, legítimo, en la última (el perro guarda la propiedad, se trata de un derecho legal). De manera que al nivel del más sencillo de los mensajes (No entrar), el lenguaje (el discurso) estalla, se fracciona, se escinde: se da una división de los lenguajes que ninguna simple ciencia de la comunicación puede asumir; la sociedad, con sus estructuras socioeconómicas y neuróticas, interviene; es la sociedad la que construye el lenguaje como un campo de batalla.


Por supuesto que lo que le permite al lenguaje dividirse es la posibilidad de decir lo mismo de varias maneras: la sinonimia; y la sinonimia es un dato estatutario, estructural, y hasta cierto punto natural, del lenguaje; pero en cuanto a la guerra del lenguaje, ésa no es «natural»: ésa se produce cuando la sociedad transforma la diferencia en conflicto; ya dijimos antes que hay una convergencia de origen entre la división en clases sociales, la disociación simbólica, la división de los lenguajes y la neurosis esquizoide.

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El ejemplo que he aportado está tomado voluntariamente a minimo del lenguaje de una sola y misma clase, la de los pequeños propietarios, que se limita a oponer en su discurso matices de la apropiación. Con mayor razón, al nivel de la sociedad social, si se me permite llamarla así, el lenguaje aparece dividido en grandes masas. No obstante, hay que persuadirse de tres cosas que no son demasiado sencillas: 1) la primera es que la división de los lenguajes no recubre término a término la división en clases: entre las clases se dan deslizamientos, préstamos, pantallas, mediaciones; 2) la segunda es que la guerra de los lenguajes no es la guerra de los individuos: son sistemas de lenguaje los que se enfrentan, no individualidades, sociolectos, no idiolectos; 3) la tercera es que la división de los lenguajes se recorta sobre un fondo de comunicación aparente: el idioma nacional; para ser más preciso, podría decir que a escala nacional nos entendemos, pero no nos comunicamos: en el mejor de los casos, llevamos a cabo una práctica liberal del lenguaje.


En las sociedades actuales, la más sencilla de las divisiones de los lenguajes se basa en su relación con el Poder. Hay lenguajes que se enuncian, se desenvuelven, se dibujan a la luz (o a la sombra) del Poder, de sus múltiples aparatos estatales, institucionales, ideológicos; yo los llamaría lenguajes o discursos encráticos. Frente a ellos, hay lenguajes que se elaboran, se buscan,

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se arman, fuera del Poder y/o contra él; éstos los llamaré lenguajes o discursos acráticos.


Estas dos grandes formas de discurso no tienen el mismo carácter. El lenguaje encrático es vago, difuso, aparentemente «natural», y por tanto difícilmente perceptible: es el lenguaje de la cultura de masas (prensa, radio, televisión), y también, en cierto sentido, el lenguaje de la conversación, de la opinión común (de la doxa); este lenguaje encrático es (por una contradicción de la que extrae toda su fuerza) clandestino (difícilmente reconocible) y, a la vez, triunfante (es imposible escapar a él): yo diría que es enviscador. El lenguaje acrático, por su parte, es lejano, tajante, se separa de la doxa (por tanto es paradójico); su fuerza de ruptura proviene de que es sistemático, está construido sobre un pensamiento, no sobre una ideología. Los ejemplos más inmediatos de este lenguaje acrático, hoy día, serían: el discurso marxista, el discurso psicoanalítico, y, aunque en grado menor, pero notable estatutariamente, permitidme que añada el discurso estructuralista.

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Pero lo que puede ser más interesante es que, incluso dentro de la esfera acrática se producen nuevas divisiones, regionalismos y antagonismos de lenguaje: el discurso crítico se fracciona en hablas, en recintos, en sistemas. De buena gana llamaría yo Ficciones (es una palabra de Nietzsche) a esos sistemas discursivos; y vería en los intelectuales, siguiendo de nuevo a Nietzsche, a los que forman la clase sacerdotal, la casta encargada de elaborar, como artistas, estas Ficciones de lenguaje (¿acaso no ha sido durante mucho tiempo la casta de los sacerdotes la propietaria y la técnica de las fórmulas, es decir, del lenguaje?).


De ahí provienen las relaciones de fuerza entre los sistemas discursivos. ¿Qué es un sistema fuerte? Un sistema de lenguaje que puede funcionar en todas las situaciones, y cuya energía permanece, al margen de la mediocridad de los individuos que lo hablan: la estupidez de ciertos marxistas, de ciertos psicoanalistas o de ciertos cristianos no disminuye en nada la fuerza de los sistemas, de los discursos correspondientes.


¿En qué reside la fuerza combativa, la capacidad de dominio de un sistema discursivo, de una Ficción? Después de la antigua Retórica, definitivamente extraña a nuestro mundo del lenguaje, nunca más ha sido aplicado un análisis que exhiba a la luz del día las armas de combate de los lenguajes: no conocemos bien

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ni la física, ni la dialéctica, ni la estrategia de lo que yo llamaría nuestra logosfera, aunque no pasa un día sin que todos y cada uno de nosotros estemos sometidos a las intimidaciones del lenguaje. Tengo la impresión de que esas armas discursivas son, por lo menos, de tres tipos.


1. Todo sistema fuerte de discurso es una representación (en el sentido teatral: un show), una puesta en escena de argumentos, de agresiones, de réplicas, de fórmulas, un mimodrama en el cual el individuo puede poner en juego su goce histérico.


2. Verdaderamente existen figuras de sistema (como se decía en otros tiempos de las figuras de la retórica), formas parciales del discurso, constituidas para dar al sociolecto una consistencia absoluta, para cerrar el sistema, protegerlo y excluir de él irremediablemente al adversario: por ejemplo, cuando el psicoanalista dice: «El rechazo del psicoanálisis es una resistencia que responde al propio psicoanálisis» se trata de una figura del sistema. En términos generales, las figuras del sistema tratan de incluir al otro en el discurso como simple objeto, para así excluirlo mejor de la comunidad de los individuos que hablan el lenguaje fuerte.

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3. Por último, y yendo más lejos, uno puede preguntarse si la frase, como estructura sintáctica prácticamente cerrada, no ya, en sí misma, un arma, un operador de intimidación: toda frase acabada, por su estructura asertiva, tiene algo imperativo, conminatorio. La desorganización del individuo, su atemorizado servilismo hacia los dueños del lenguaje, se traduce siempre en frases incompletas, con los contornos, si es que los tiene, indecisos. De hecho, en la vida corriente, en la vida aparentemente libre, no hablamos con frases. Y, en sentido contrario, hay un dominio de la frase que es muy próximo al poder: ser fuerte es, en primer lugar, acabar las frases. ¿Acaso la misma gramática no describe la frase en términos de poder, de jerarquía: sujeto, subordinada, complemento, reacción, etc.?


Y ya que la guerra de los lenguajes es general, ¿qué hemos de hacer nosotros? Al decir nosotros quiero decir los intelectuales, los escritores practicantes del discurso. Es evidente que no podemos huir: por cultura, por opción política, hemos de comprometernos, participar en uno de los lenguajes particulares a los que nos obliga nuestro mundo, nuestra historia. Y, no obstante, no podemos renunciar al goce, por utópico que sea, de un lenguaje

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descolocado, desalienado. Así que hemos de sostener en la misma mano las riendas del compromiso y las del placer, hemos de asumir una filosofía plural de los lenguajes. Ahora bien, este en otra parte que, por decirlo así, permanece dentro, tiene un nombre: es el Texto. El Texto, que ya no es la Obra, es una producción de la escritura cuyo consumo social no es en absolutoneutro (el Texto se lee poco), pero cuya producción es soberanamente libre, en la medida en que (otra vez Nietzsche) no respeta la Totalidad (la Ley) del lenguaje.


En efecto, la escritura es lo único que puede asumir el carácter ficcional de las hablas más serias, o sea, de las más violentas, y retornarlas a su distancia teatral; por ejemplo, yo puedo adoptar el lenguaje psicoanalítico con toda su riqueza y su extensión pero para usarlo, in petto, como si fuera un lenguaje de novela.


Por otra parte, tan sólo la escritura es capaz de mezclar las hablas (la psicoanalítica, la marxista, la estructuralista, por ejemplo) y constituir así lo que se llama una heterología del saber, darle al lenguaje una dimensión de carnaval.


Por último, la escritura es lo único que puede desarrollarse sin lugar de origen; tan sólo ella puede permitirse burlar las reglas de la retórica, las leyes del género, todas las arrogancias de los sistemas: la escritura es atópica; respecto a la guerra de los lenguajes, a la que no suprime, sino que desplaza, anticipa un estado de prácticas de lectura y escritura en las que es el deseo, y no el dominio, lo que está circulando.


1973, Le Conferenze dell'Associazione

Culturale Italiana.

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