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Pierre Bourdieu - La lengua legítima

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¿Qué significa hablar?, 17-39. 1995

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Pierre Bourdieu - La lengua legítima
 

Pierre Bourdieu - La lengua legítimaOnline version

¿Qué significa hablar?, 17-39. 1995

by MELINA DESIREE MURILLO GONZALEZ
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Título

La producción y la reproducción de la lengua legítima

Pierre Bourdieu

1985


En ¿Qué significa hablar?, 17-39. Akal

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LA PRODUCCIÓN Y LA REPRODUCCIÓN DE LA LENGUA LEGÍTIMA


«Usted lo ha dicho, caballero. Deberíamos tener leyes para proteger los conocimientos adquiridos.

Veamos, por ejemplo, el caso de uno de nuestros buenos alumnos, modesto, diligente, que desde sus clases de gramática ha comenzado a rellenar su cuadernillo de expresiones.

Un alumno que, durante veinte años pendiente de los labios de sus profesores, ha acabado por crear una especie de pequeño peculio intelectual: ¿acaso este peculio no le pertenece como le pertenecía, una casa o el dinero?»

P. Claudel, el Zapato de satén

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Respecto a las «riquezas que implican una posesión simultánea sin experimentar ninguna alteración», el lenguaje crea naturalmente una plena comunidad en la que todos, aprovechándose libremente del tesoro universal, colaboran espontáneamente en su conservación1. Al describir la apropiación simbólica como una especie de participación mística universal y uniformemente accesible, que excluye por tanto la desposesión, Augusto Comte brinda una expresión ejemplar de la ilusión del comunismo lingüístico que ha obsesionado a toda la teoría lingüística. Así, Saussure resuelve la cuestión de las condiciones económicas y sociales de la apropiación de la lengua sin llegar a planteársela nunca recurriendo, como Augusto Comte, a la metáfora del tesoro, aplicada por él a la «comunidad» o al individuo: habla de un «tesoro interior», de un «tesoro depositado por la práctica de la palabra en los sujetos que pertenecen a la misma comunidad», de «una suma de tesoros individuales de lengua» o incluso de una «suma de acerdos depositados en el cerebro». Chomsky tiene el mérito de atribuir explícitamente al sujeto hablante en su universalidad la perfecta competencia que la tradición saussuriana le atribuía en forma tácita:

«la teoría lingüística se ocupa fundamentalmente de un locutor-auditor ideal, inserto en una comunidad lingüística completamente homogénea, que conoce su lengua perfectamente y al abrigo de los efectos gramaticalmente no pertinentes como limitaciones de la memoria, distracciones, deslizamientos de atención o errores de resultado en la aplicación de su conocimiento de la lengua. Tal fue, en mi opinión, la posición de los fundadores de la lingüística general moderna, y no hay ninguna razón convincente para modificarla2». En suma, desde este


1 A Comte, Systéme de politique positive, T. II, Estadística social, 5.* ed. París, Sede de la Sociedad Positivista, 1929, P. 254 (subrayado por el autor).

2 N. Chomsky, Aspects of the theory of Syntax, Cambridge, M.I.T. Pres, 1965,

P. 3; O. también N. Chomski y M. Halle, Principes de phonologie générative, trad. de P. Encreve, Paris, le Seuil, 1973, P. 25 (subrayado por el autor).

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punto de vista, la competencia Chomskiana no es más que otro nombre de la lengua saussuriana3. A la lengua concebida como «tesoro universal», poseída en propiedad indivisa por todo el grupo, corresponde la competencia lingüística en tanto que «depósito» en cada individuo de este «tesoro» o como participación de cada miembro de la «comunidad lingüística» en ese bien público. El cambio de lengua oculta la fictio juris por medio de la cual Chomsky, convirtiendo las leyes inmanentes del discurso legítimo en normas universales de la práctica lingüística correcta, escamotea la cuestión de las condiciones económicas y sociales de la adquisición de la competencia legítima y de la constitución del mercado donde se establece e impone esta definición de lo legítimo y de lo ilegítimo4.


3 El propio Chomsky ha llevado a cabo explícitamente esta identificación, al menos en tanto en cuanto la competencia es «conocimiento de la gramática» (N. Chomsky y M. Halle, Loe. Cit.) o «gramática generativa interiorizada (N. Chomsky, Current Issues in Lingüistic Theory, London, The Hague, Mouton, 1964, P. 10).

4 Cuando Habermas consigue librarse del efecto ideológico de la absolutización de lo relativo inscrito en los silencios de la teoría chomskiana de la competencia (J. Habermas, «Toward a Theory of Communicative Competence en H.P. Dritzel Recente Sociology, 2, 1970, PP. 114-150), no se debe a que corone su teoría pura de la «competencia comunicativa», análisis esencial de la situación de comunicación, con una declaración de intenciones respecto a los grados de represión y al grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Aunque fuera decisoria provisional, y destinada solamente a «hacer posible» el estudio de las «deformaciones de la pura intersubjetividad», la idealización (perfectamente visible en el recurso a nociones tales como «dominio de los universos constitutivos del diálogo» o «situación de palabra, determinada por la subjetividad pura») tiene por efecto evacuar prácticamente de las relaciones de comunicación las relaciones de fuerzas que se realizan allí en una forma transfigurada: prueba de ello es la utilización no crítica de conceptos como el de illocutionary forcé que tiende a colocar la fuerza de las palabras en ellas mismas —y no en las condiciones institucionales de su utilización.

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LENGUA OFICIAL Y UNIDAD POLÍTICA


Para que se comprenda hasta qué punto los lingüistas no hacen más que incorporar a la teoría un objeto preconstruido cuyas leyes sociales de construcción olvidan y cuya génesis social en todo caso enmascaran, no hay mejor ejemplo que los párrafos del curso de lingüística general en que Saussure discute las relaciones entre la lengua y el espacio5. Queriendo probar que no es el espacio lo que define la lengua, sino la lengua lo que define su espacio, Saussure observa que ni los dialectos ni las lenguas conocen límites naturales, puesto que las innovaciones fonéticas, la sustitución, por ejemplo, de la 5 por la c latina, determinan el espacio de difusión por la fuerza intrínseca de su lógica autónoma, a través del conjunto de sujetos parlantes que aceptan hacerse sus portadores. Esta filosofía de la historia que hace de la dinámica interna de la lengua el único principio de los límites


5 F. de Saussure, Cours de Lingüistique genérale, Paris y Lausanne, Payot 1916, 5.a ed. 1960, PP. 275-280.

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de su difusión, oculta el proceso propiamente político de unificación al término del cual un determinado conjunto de «sujetos parlantes» está obligado prácticamente a aceptar la lengua oficial. La lengua saussuriana, ese código a la vez legislativo y comunicativo que existe y subsiste al margen de sus utilizadores («sujetos parlantes») y de sus utilizaciones («palabras»), tiene de hecho todas las propiedades comúnmente reconocidas a la lengua oficial. Por oposición al dialecto, se beneficia de las necesarias condiciones institucionales para su codificación e imposición generalizadas. Así reconocida y conocida (más o menos completamente) en todo el ámbito de una cierta autoridad política, contribuye de rechazo a reforzar la autoridad que funda su dominación: asegura, en efecto, entre todos los miembros de la «comunidad lingüística» —desde Bloomfield, tradicionalmente definida como «grupo de gentes que utilizan el mismo sistema de signos lingüísticos6», ese mínimo de comunicación que constituye la condición de la producción económica e incluso de la dominación simbólica.



6 L. Bloomfield, Language, Londres, George Allen, 1958, P. 29. Así como la teoría saussuriana de la lengua olvida que ésta no sólo se impone por su propia fuerzay que debe sus límites geográficos a un acto político de institución, acto arbitrario y desconocido como tal (y por la propia ciencia de la lengua), la teoría bloomgieldiana

de la «comunidad lingüística» ignora las condiciones políticas e institucionales de la «intercomprensión».

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Hablar de la lengua, sin ninguna otra precisión, como hacen los lingüistas, es aceptar tácitamente la definición oficial de la lengua oficial de una unidad política: la lengua que, en los límites territoriales de esa unidad, se impone a todos los súbditos como la única legítima, tanto más imperativamente cuanto más oficial es la circunstancia (palabra esta, oficial que traduce con toda precisión el formal de los lingüistas de lengua inglesa)7. Producida por autores que tienen autoridad para describir, fijada y codificada por los gramáticos y profesores, encargados también de inculcar su dominio, la lengua es un código, entendido no sólo como cifra que permite establecer equivalencias entre sonidos y sentidos, sino también como sistema de normas que regulan las prácticas lingüísticas.

La lengua oficial se ha constitudio vinculada al Estado. Y esto tanto en su génesis como en sus usos sociales. Es en el proceso de constitución del Estado cuando se crean las condiciones de la creación de un mercado lingüístico unificado y dominado por la lengua oficial: obligatorio en las ocasiones oficiales y en los espacios oficiales (escuela, administraciones públicas, instituciones políticas, etc.), esta lengua de Estado se convierte en la norma teórica con que se miden objetivamente todas las prácticas lingüísticas. Se supone que nadie ignora la ley lingüística, que tiene su cuerpo de juristas, los gramáticos, y sus



7 El adjetivo formal aplicado a un lenguaje vigilante, cuidado, por oposición a familiar, relajado, o a una persona afectada y formalista, tiene también el sentido del adjetivo francés oficial (a formal dinner), es decir, que se cumple en las formas, en buena y debida forma, en las reglas (formal agreement).

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agentes de imposición y de control, los maestros de enseñanza primaria, investidos de un poder especial: el de someter universalmente a examen y a la sanción jurídica del título escolar el resultado lingüístico de los sujetos parlantes.


Para que una forma de expresión entre otras (en el caso de bilingüismo una lengua, un uso de la lengua en el caso de la sociedad dividida en clases) se imponga como la única legítima, es preciso que el mercado lingüístico se unifique y que los diferentes dialectos de clase (de clase, de religión o de etnia) se midan en la práctica por el rasero de la lengua o según uso legítimo. La integración en la misma «comunidad lingüística», que es un producto de la dominación política constantemente reproducida por instituciones capaces de imponer el reconocimiento universal de la lengua dominante, constituye la condición de la instauración de relaciones de dominación lingüística.

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EL LENGUAJE STANDARD: UN PRODUCTO «NORMALIZADO»


De la misma manera que hasta el advenimiento de la nueva industria las diferentes ramas del artesanado constituían, en palabras de Marx, «otros tantos espacios separados», hasta el siglo XVIII las variantes locales de la lengua de oil y los dialectos regionales diferían de una feligresión a otra. Así, como muestran los males de los dialectólogos, los rasgos fonológicos, morfológicos y lexicológicos se distribuían según aspectos que nunca resultan pefectamente superponibles y que sólo muy accidentalmente se ajustan a los límites de las circunscripciones administrativas o religiosas8. En efecto, en ausencia de una objetivación en la escritura y, sobre todo, de la codificación jurídica correlativa a la constitución de una lengua oficial, las «lenguas» sólo existen en estado práctico, es decir, en forma de habitus lingüísticos al menos parcialmente orquestados y de producciones orales de esos hábitos9: mientras sólo se pida a la lengua asegurar un mínimo de intercomprensión en los encuentros (por lo demás muy raros) entre pueblos próximos o entre regiones, nadie piensa en erigir tal o cual forma de hablar como norma de otra (aunque en las diferencias



8Sólo un transfert de la representación de la lengua nacional podría inducir a pensar que existan dialectos regionales, ellos mismos divididos en subdialectos, a su vez subdivididos, idea terminantemente desmentida por la dialectología (ver F. Brunot, Histoire de la langue française des origines à nos jours, Paris, A. Colin, 1968, PP. 77-78). No es ninguna casualidad que los nacionalismos sucumban casi siempre a esta ilusión puesto que, una vez victoriosos, están condenados a reproducir los procesos de unificación cuyos efectos denunciaban.

9 Lo que se ve claramente a través de las dificultades que suscitó, durante la revolución, la traducción de los decretos: como la lengua práctica estaba desprovista de vocabulario político y dividida en dialectos, hubo que forjar una lengua media (como hacen hoy los defensores de las lenguas de Oc, los cuales producen, sobre todo la fijación y estandarización de la ortografía, una lengua difícilmente accesible a los locutores corrientes).

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percibidas no deje de encontrarse el pretexto de afirmaciones de superioridad).


Hasta la revolución francesa, el proceso de unificación lingüística se confunde con el proceso de construcción del Estado monárquico: los «dialectos», dotados a veces de algunas de las propiedades que se atribuyen a las «lenguas» (la mayor parte de las cuales son objeto de un uso escrito, actas notariales, deliberaciones comunales, etc.) y las lenguas literales (como la lengua poética de los países de Oc), especie de «lenguas de hecho» diferentes de cada uno de los dialectos utilizados en el conjunto del territorio en donde circulan, van siendo progresivamente sustituidos —al menos en algunas provincias centrales del país de Oil— por la lengua común que se elabora en París en los medios cultivados, lengua que, promovida al estatuto de lengua oficial, se utiliza en la forma que le han conferido los usos cultos, es decir, escritos. Correlativamente, debido a la paralización (vinculada al abandono de la forma escrita) y a la desagregación (por imitación léxica o sintáctica), producto a su vez de la devaluación social de que son objeto, los usos populares y puramente orales de los dialectos regionales así reemplazados quedan reducidos al estado de habla de lugareños: utilizados exclusivamente por los campesinos, esos usos se definen, en efecto, negativa y peyorativamente en oposición a los usos distinguidos o letrados (como lo atestigua, entre otros índices, el cambio de sentido asignado a la palabra «patois» que, de «lenguaje incomprensible», va a acabar calificándose como «lenguaje corrompido y grosero, lenguaje del pueblo bajo». Diccionario de Furetiére (1690).

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En los países de la lengua de Oc la situación lingüística es muy diferente: habrá que esperar hasta el siglo XVI y a la progresiva constitución de una organización administrativa ligada al poder real (que traerá consigo la aparición

de multitud de agentes administrativos de rango inferior, lugartenientes, oficiales, jueces, etc.) para que el dialecto parisiense sustituya, en los actos públicos, a los diferentes dialectos de lengua de Oc. La imposición del

francés como lengua oficial no tuvo por efecto la abolición total del uso escrit de los dialectos, ni como lengua administrativa o política ni siquiera como lengua literaria (con la perpetuación en el antigo régimen de una literatura); en cuanto a sus usos orales, siguieron siendo predominantes. Se tendió a instaurar una situación de bilingüismo: mientras que los miembros de las clases populares, y particularmente los campesinos, quedaron reducidos al habla local, los miembros de la aristocracia, de la burguesía comerciante y de negocios, y, sobre todo, de la pequeña burguesía letrada (los mismos que responderán a la encuesta del abate Gregorio y que, en diversos grados, habían frecuentado esa institución de unificación lingüística que son los colegios jesuítas) pudieron acceder en muchas más ocasiones a la utilización de la lengua oficial, escrita o hablada, sin perder el dialecto (utilizado todavía en la mayor parte de las situaciones privadas o incluso públicas), lo que les cualificaba para cumplir una función de intermediarios.


Para los miembros de esas burguesías locales de sacerdotes, médicos o profesores, cuya posición social se basaba en el dominio de los instrumentos de expresión, la política de unificación lingüística llevada a cabo por la Revolución sólo representaba ventajas: la promoción de la lengua oficial al estatuto de lengua nacional les otorgaba el monopolio de hecho de la política y, más generalmente, el de la comunicación con el poder central y sus representantes, la que definía, en todas las repúblicas, a los notables locales.


La imposición de la lengua legítima frente a los idiomas y las jergas forma parte de las estrategias políticas destinadas a asegurar la perennidad de las

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adquisiones de la Revolución por la producción y reproducción del hombre nuevo. La teoría de Condillac que convierte a la lengua en un método, permite identificar la lengua revolucionaria con el pensamiento revolucionario: reformar la lengua, liberarla de los usos vinculados a la antigua sociedad e imponerla así purificada, es imponer un pensamiento él mismo depurado y purificado. Sería ingènuo imputar la política de unificación lingüística exclusivamente a las necesidades técnicas de la comunicación entre las diferentes partes del territorio y, especialmente, entre París y la provincia, o ver en ella el producto directo de un centralismo decidido a aplastar los «particularismos locales». El conflicto entre el francés de la intelligentsia revolucionaria y los idiomas o las jergas es un conflicto por el poder simbólico en el que se ventila formación y re-formación de las estructuras mentales. En suma, no se trata sólo de comunicar, sino de hacer reconocer un nuevo discurso de autoridad, un nuevo discurso con un nuevo vocabulario político, con sus términos de identificación y referencia, sus metáforas, sus eufemismos y la representación del mundo social que vehicula. Por estar vinculada a los nuevos intereses de los nuevos grupos, resulta indecible para las hablas locales modeladas por usos ligados a los intereses específicos de los grupos campesinos.

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Así, pues, sólo cuando aparecen los usos y funciones inéditas que implica la constitución de la nación, grupo completamente abstracto y fundado en el derecho, se hacen indispensables la lengua standard, tan impersonal y anónima como los usos oficiales a que debe servir y, al mismo tiempo, el trabajo de normalización de los productos de los habitus lingüísticos. Resultado ejemplar de este trabajo de codificación y normalización, el diccionario acumula mediante la anotación culta la totalidad de los recursos lingüísticos acuñados a lo largo del tiempo y en particular todas las posibles utilizaciones de la misma palabra (o todas las expresiones posibles del mismo sentido), yuxtaponiendo usos socialmente extranjeros, e incluso exclusivos (sin perjuicio de señalar a aquellos que traspasan los límites de la aceptabilidad con un signo de exclusión tal como Aut., Pop. o Fam.). Así, el diccionario proporciona una imagen bastante exacta de la lengua en el sentido saussuriano de «suma de tesoros individuales» predispuesta a cumplir las funciones de ese código «universal»; la lengua normalizada es capaz de funcionar al margen de la coerción y del apoyo de la situación e idónea para emitirse y descifrarse por cualquier emisor y receptor, ignorantes el uno del otro, de acuerdo con las exigencias de la posibilidad y calculabilidad burocráticos, que implican funcionarios y clientes universales sin otras cualidades que las asignadas por la definición administrativa de su Estado.


En el proceso que conduce a la elaboración, legitimación e imposición de una lengua oficial, el sistema escolar cumple una función determinante: «fabricar las similitudes de donde se deriva esa comunidad de conciencia que constituye el cemento de la nación». Y Georges Davy continúa con una evocación de la función del maestro de escuela, maestro del habla que, por eso mismo, es un maestro del pensar: «El (el maestro) actúa diariamente a través de su función sobre la facultad de expresión de cualquier idea y emoción: actúa sobre el lenguaje. Al enseñar a los niños la misma lengua, una, clara e inamovible,

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niños que sólo la conocen confusamente o que incluso hablan dialectos .o jergas diversas, les induce ya naturalmente a ver y sentir las cosas de la misma manera; y trabaja así en la edificación de la conciencia común de la nación10». La teoría whorfiana —o, si se quiere humboltiana—11 del lenguaje en que se apoya esta visión de la acción escolar como instrumento de «integración intelectual y moral» en el sentido de Durkheim, presenta cierta afinidad con la filosofía del consenso de este autor, atestiguada por lo demás con el corrimiento que ha transferido la palabra código del derecho a la lingüística: e código, en el sentido de cifra, que rige la lengua escrita, y que se identifica a la lengua correcta en oposición a la lengua hablada (conversational language), considerada implícitamente como inferior, adquiere fuerza de ley en y por el sistema de enseñanza12.



10G. Dovy, Éléments de sociologie, París, Vrin, 1950, P. 233.

11La teoría lingüística de Humboldt, engendrada en la celebración de la «autenticidad» lingüística del pueblo vasco y la exaltación de la pareja lengua-nación, mantiene una relación inteligible con la concepción de la misión unificadora que Humboldt confirió a la Universidad en la fundación de la universidad de Berlín.

12A través del sistema escolar, que pone a su servicio el poder de certificación, la gramática obtiene una verdadera eficacia jurídica: si a veces sucede que la gramática y el ortógrafo (por ejemplo a Francia, en 1900, el acuerdo del participio pasado conjugado con el verbo Avoir) sean objeto de decretos ello se debe a que, a través de los exámenes y los títulos que estos exámenes permiten conseguir, la gramática y el ortógrafo dominan el acceso a puestos y posiciones sociales.

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El sistema de enseñanza, cuya acción va ganando en extensión e intensidad a todo lo largo del siglo XIX13, contribuye sin duda directamente a la devaluación de los modos de expresión populares, rechazados al estado de «jerga» y «jerigonza» (como dicen las anotaciones marginales de los maestros), y a la imposición del reconocimiento de la lengua legítima. No obstante, el papel más importante en la devaluación de los dialectos y la implantación de la nueva jerarquía de usos lingüísticos14, corresponde sin duda a la relación dialéctica entre la escuela y el mercado de trabajo o, más precisamente, entre la unificación del mercado escolar (y lingüístico), vinculado a la institución de títulos académicos con valor nacional e independiente —al menos oficialmente— de las propiedades sociales o regionales de sus portadores, y la unificación del mercado de trabajo (que conlleva, entre



13Así, por ejemplo, en Francia, a partir de 1816, es decir, mucho antes de la oficialización de la obligación escolar, el número de escuelas, de niños escolarizados y, correlativamente, el volumen y la dispersión en el espacio del personal docente se incrementan continuamente.

14La paradójica relación que se observa entre el alejamiento lingüístico de las diferentes regiones del siglo XIX y la contribución que aportan a la función pública en el siglo XX, hay que comprenderla sin duda en esta lógica: los mismos departamentos que, según la investigación llevada a cabo por Víctor Durny en 1864, contaban, en el sengudo imperio, con las más elevadas tasas de adultos que no hablaban el francés y de niños de 7 a 13 años que no sabían leer ni escribir, desde la primera mitad del siglo XIX, vienen suministrando un número particularmente elevado de funcionarios, fenómeno a su vez vinculado, ya es sabido, a una elevada tasa de escolarización en la enseñanza secundaria.

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otras cosas, el desarrollo de la administración y de los cuerpos de funcionarios). Para obtener poseedores de competencias lingüísticas dominadas que colaboren a la destrucción de sus instrumentos de expresión, esforzándose por ejemplo en hablar francés «ante sus hijos» o exigiendo de ellos que hablen «francés» en familia, con la intención más o menos explícita de aumentar su valor en el mercado escolar, fue preciso que el Estado se considerara como el principal medio de acceso, incluso el único, para puestos administrativos tanto más buscados cuanto menor era la industrialización. Conjunción que se realizó más en las comarcas con «dialecto» e «idioma» —a excepción de las regiones del Este— que en las regiones de «patois» de la mitad norte de Francia.

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La unificación del mercado y la dominación simbólica


De hecho, no hay que olvidar la contribución que la intención política de unificación (visible también en otros ámbitos, como el del derecho) aporta a la fabricación de la lengua que los lingüistas aceptan como un dato natural ni imputarle toda la responsabilidad de la generalización del uso de la lengua dominante —dimensión de la unificación del mercado de bienes simbólicos que acompaña a la unificación de la economía— y a la producción y circulación culturales. Esto se ve claramente en el caso del mercado de intercambios matrimoniales, donde los productos hasta ese momento condenados a circular en el recinto protegido de los mercados locales, bedeciendo a sus propias leyes de formación de precios, se devalúan brucamente por la generalización de los criterios dominantes de evaluación y el descrédito de los «valores campesinos», que implican el hundimiento del valor de los campesinos, frecuentemente condenados al celibato. Visible en todos los terrenos de la práctica (deporte, canción, vestido, hábitat, etc.), el proceso de unificación y producción y el proceso de la circulación de bienes económicos y culturales implica la obsolescencia progresiva del antiguo modo de producción de los hábitus y de sus productos. Así se comprende, como tantas veces han observado los sociolingüistas, que sean las mujeres quienes antes adoptan la lengua o la pronunciación legítima: condenadas a la docilidad respecto a los usos sociales dominantes por la división del trabajo entre los sexos, y condicionadas por la lógica del matrimonio, vía principal para ellas, si no exclusiva, del ascenso social, las mujeres están siempre predispuestas a aceptar —ya desde la escuela— las nuevas exigencias del mercado de bienes simbólicos.


Así, los efectos de dominación correlativos a la unificación del mercado sólo se ejercen a través de un conjunto de instituciones y mecanismos específicos entre los cuales la política propiamente lingüística e incluso las intervenciones expresas de los grupos de presión sólo representan el aspecto más superficial. Y el hecho de que presupongan la unificación política o económica que contribuyen de rechazo a reforzar

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forzar no implica en absoluto que el progreso de la lengua oficial haya que imputarlo a la eficacia directa de coerciones jurídicas o cuasi jurídicas (que en el mejor de los casos pueden imponer la adquisición, pero no la utilización generalizada ni, por tanto, la reproducción autónoma, de la lengua legítima). Sobre todo por parte de quienes la sufren, toda dominación simbólica implica una forma de complicidad que no es ni sumisión pasiva a una coerción exterior, ni adhesión libre a los valores. El reconocimiento de la legitimidad de la lengua oficial no tiene nada que ver con uña creencia expresamente profesada, deliberada y revocable, ni con un acto intencional de aceptación de una «norma»; en la práctica, se inscribe en las disposiciones que se inculcan insensiblemente, a través de un largo y lento proceso de adquisición, por medio de las acciones del mercado lingüístico. Disposiciones que se ajustan, pues, independientemente de todo cálculo cínico y de toda coerción conscientemente sentida, a las oportunidades de beneficio material y simbólico que las leyes características de formación de precios en un cierto mercado brindan objetivamente a los poseedores de un cierto capital lingüístico15.


15Lo que significa que las «costumbres lingüísticas» no se pueden modificar por decretos como suelen creer los partidarios de una política voluntarista de «defensa de la lengua».

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Lo propio de la dominación simbólica consiste precisamente en que, por parte de quien la sufre, implica una actitud que desafía la alternativa corriente de libertad - coerción: las «elecciones» de habitus (Por ejemplo, la que consiste en corregir la R en presencia de locutores legítimos) se realizan, inconscientemente y sin ninguna coerción, en virtud de disposiciones que, aunque sean indiscutiblemente producto de determinismos sociales, se constituyen al margen de toda intención consciente o coacción. La propensión a reducir la investigación de las causas a una investigación de las responsabilidades impide percibir que la intimidación, violencia simbólica que se ignora como tal (en la medida en que no necesariamente implica un acto de intimidación), sólo se puede ejercer sobre una persona predispuesta (en su habitus) a sufrirla, en tanto que otros la ignoran. No es ya tan falso decir que la causa de la timidez reside en la relación entre la situación o la persona intimidante (que puede negar la conminación que dirige) y la persona intimidada; más exactamente, entre las condiciones sociales de producción de ambas. Lo que acaba remitiendo a toda la estructura social.

Todo hace suponer que las instrucciones más determinantes para la construcción del hábitus se transmiten sin pasar por el lenguaje y la conciencia, a través de sugestiones inscritas en los aspectos aparentemente más insignificantes de las cosas, de las situaciones o de las prácticas de la existencia común: así, la modalidad de las prácticas, las maneras de mirar, de comportarse, de guardar silencio e incluso de hablar («miradas desaprobadoras», «tonos» o «aires de reproche»,

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etc.) están cargadas de conminaciones. Conminaciones que si resultan tan poderosas y difíciles de revocar, es precisamente por ser silenciosas e insidiosas, insistentes e insinuantes (tal es el código secreto que aparece explícitamente durante las crisis características de la unidad doméstica, de la adolescencia o de la pareja: la aparente desproporción entre la violencia de la rebelión y las causas que la suscitan procede de que las acciones o palabras más anodinas se perciben entonces en su verdad de conminación, de intimidación, de requerimiento, de amonestaciones, de amenazas denunciadas como tales con tanta más violencia cuanto que continúan actuando más allá de la conciencia y de la propia revuelta que suscitan). El poder de sugestión que se ejerce a través de las cosas y de las personas y que diciendo al niño no lo que tiene que hacer, como las órdenes, sino lo que es, le lleva a convertirse permanentemente en lo que tiene que ser, constituye la condición de eficacia de todos los tipos de poder simbólico que puedan ejercerse más tarde sobre un hábitus predispuesto a sufrirlos. La relación entre dos personas puede ser tal que basta con que aparezca una para que inmediatamente imponga a la otra sin que ni siquiera sea necesario que la primera lo desee, menos aún que lo ordene— una definición de la situación y de sí misma (como intimidada, por ejemplo) tanto más absoluta e indiscutible cuanto que ni siquiera tiene que afirmarse.

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El reconocimiento que produce esa violencia tan invisible como silenciosa se expresa en declaraciones expresas tales como las que permiten a Labov establecer que en locutores de clases diferentes, cuya efectuación de las r es por tanto diferente, aparece la misma valoración de esa letra. Pero nunca se manifiesta tan claramente como en las correcciones —coyunturales o constantes— que los dominados, por un desesperado esfuerzo hacia la corrección, llevan a cabo, consciente o inconscientemente, sobre los aspectos estigmatizados de su pronunciación, de su léxico —con todas las formas de eufemismo— y de su sintaxis; o en la angustia que les hace «perder los nervios» incapacitándoles para «encontrar las palabras» como si súbitamente se vieran desposeídos de su propia lengua16



SEPARACIONES DISTINTAS Y VALOR SOCIAL


Así, cuando no se percibe el valor especial objetivamente reconocido al uso legítimo de la lengua y los fundamentos sociales de este privilegio, inevitablemente se cae en uno u otro de estos dos errores opuestos: absolutizar inconscientemente lo que es objetivamente relativo, y, en este sentido, arbitrario, es decir, el uso dominante, o evitar esta forma de fetichismo sólo para caer en la esencial ingenuidad



16 Así, el lenguaje «desintegrado» que registra la encuesta entre locutores de clases dominadas es producto de la relación de encuesta.

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del relativismo culto. En el primer caso, se busca el fundamento del valor reconocido del lenguaje sólo y exclusivamente en propiedades tales de la lengua como la complejidad de su estructura sintáctica; en el sengundo, al negar el hecho de la legitimidad por una relativización arbitraria del uso dominante, socialmente reconocido como legítimo, y no solamente por los dominantes, se olvida que la mirada ingénua no es relativista.


Para reproducir en el discurso culto la fetichización de la lengua legítima que se produce en la realidad, basta con describir, siguiendo a Bernstein, las propiedades del «código elaborado» sin relacionar ese producto social con las condiciones sociales de su producción y de reproducción, es decir, sin ni siquiera vincularlo, como podría esperarse en el ámbito de la sociología y de la educación, a las condiciones escolares: así, este «código elaborado» se constituye como norma absoluta de todas las prácticas lingüísticas que sólo pueden pensarse ya en la lógica de la deprivación. A la inversa, la ignorancia de lo que el uso popular y el uso culto deben a sus relaciones objetivas y a la estructura de la relación de dominación entre las clases que reproducen con su lógica propia, conduce a la canonización de «lengua» de las clases dominadas: cuando Labov, deseoso de rehabilitar la «lengua popular» frente a los teóricos de la deprivación, opone el verbalismo y la pomposa verborrea de los adolescentes burgueses a la precisión y concisión de los niños de los ghetos negros, tiende hacia esa canonización. Lo que equivale a olvidar, como el propio Labov ha mostrado (a través del ejemplo de esos emigrados recientes que se muestran particularmente severos a la hora de juzgar a los acentos deformados, y, por tanto, el suyo), que «la norma» lingüística se impone a todos los miembros de una misma «comunidad lingüística», muy particularmente en el mercado académico y en todas las situaciones oficiales donde el verbalismo o la verborrea suelen estar a la orden del día.

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La unificación política y la correlativa imposición de una lengua oficial instauran entre los diferentes usos de esta lengua relaciones que difieren totalmente de relaciones teóricas (como la relación entre motion y sheep señalada por Saussure para fundamentar lo arbitrario del signo) entre lenguas diferentes, habladas por grupos políticos y económicamente independientes: todas las prácticas lingüísticas se valoran con arreglo al patrón de las prácticas legítimas, las prácticas de los dominantes. Por eso, el valor probable que objetivamente corresponda a las producciones ligüísticas de los diferentes locutores, así como la relación que cada uno de ellos puede mantener con la lengua —y, por tanto, con su propia producción—, se define desde dentro del sistema de variables prácticamente competitivas que se instituye cada vez que existen las convicciones extralingüísticas de constitución de un mercado lingüístico.


Así, por ejemplo, las diferencias lingüísticas que separan a los súbditos de las diferentes regiones dejan de ser particularismos inconmensurables: referidas de hecho al patrón único de la lengua «común», son rechazadas al infierno de los regionalismos, de las «expresiones viciadas y de las faltas de pronunciación» que los maestros de escuela

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castigan17. Reducidos al estatuto de jergas dialectales o vulgares, impropias también para las ocasiones oficiales, los usos populares de la lengua oficial experimentan una devaluación sistemática. Se tiende así a constituir un sistema de oposiciones lingüísticas sociológicamente pertinentes que no tienen nada de común con el sistema de oposiciones lingüísticas pertinentes lingüísticamente. Dicho con otras palabras, las diferencias reveladas por la confrontación de las hablas no se reducen a las que el lingüista construye en función de su propio criterio de pertinencia: por grande que sea la parte de funcionamiento de la lengua que escapa a las variaciones, en el orden de la pronunciación del léxico e incluso de la gramática, existe todo un conjunto de diferencias significativamente asociadas a diferencias sociales que, sin importancia para el lingüista, son pertinentes desde el punto de vista del sociólogo puesto que entran en un sistema de oposiciones lingüísticas que constituye la retraducción de un sistema de diferencias sociales. Una sociología estructural de la lengua inspirada en Saussure pero construida frente a la abstracción que Saussure lleva a cabo, debe fijarse como objeto la relación que une sistemas estructurados de diferencias lingüísticas socilógicamente pertinentes y sistemas también estructurados de diferencias sociales.



17A la inversa, cuando una lengua hasta entonces dominada accede al estatuto de lengua oficial, experimenta una revalorización que tiene por efecto modificar profundamente la relación que sus usuarios mantienen con ella. Así, los conflictos llamados lingüísticos no son tan irrealistas e irracionales (lo que no quiere decir que sean directamente interesados) como creen quienes sólo consideran en ellos los aspectos económicos (en sentido restringido): el vuelco de las relaciones de fuerzas simbólicas y de la jerarquía de los valores concedidos a las lenguas competidoras tiene efectos económicos y políticos absolutamente reales, trátese de la apropiación de puestos y de ventajas

económicas reservadas a los poseedores de la competencia legítima o de los beneficios

simbólicos asociados a la posesión de una identidad social prestigiosa o, al menos, no

estigmatizada.

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Los usos sociales de la lengua deben su valor propiamente social al hecho de que tales usos tienden a organizarse en sistemas de diferencias (entre las variantes prosódicas y articulatorias o lexicológicas y sintácticas) que reproducen en el orden simbólico de las separaciones diferenciales el sistema de las diferencias sociales. Hablar, es apropiarse de uno u otro de los estilos expresivos ya constituidos en y por el uso, y objetivamente caracterizados por su posición en una jerarquía de estilos que expresa la jerarquía de los correspondientes grupos. Estos estilos, sistemas de diferencias clasificados y clasificantes, jerarquizados y jerarquizantes, dejan su huella en quienes se los apropian y la estilística espontánea, provista de un sentido práctico de las equivalencias entre ambas órdenes de diferencias, expresa clases sociales a través de las clases de índices estilísticos.


Al privilegiar las cosntantes lingüísticamente pertinentes en detrimento de las variaciones sociológicamente significativas para construir ese artefacto que es la lengua «común», se procede como si la capacidad de hablar, algo más o menos universalmente extendido, fuera

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identificable con la manera socialmente condicionada de realizar esta capacidad natural, que presenta tantas variedades como condiciones sociales de adquisición existen. Una competencia suficiente para producir frases susceptibles de ser comprendidas puede ser completamente insuficiente para producir frases susceptibles de ser escuchadas, frases propias para ser reconocidas como de recibo en todas las situaciones donde se hable. Una vez más, la aceptabilidad social no se reduce en este caso únicamente a la gramaticalidad. De hecho, los locutores desprovistos de la competencia legítima quedan excluidos de los universos sociales en que ésta se exige o condenados al silencio. Lo raro no es, pues, la capacidad de hablar, que por estar inscrita en el patrimonio biológico es universal, y, por tanto, esencialmente no distintiva18, sino la competencia necesaria para hablar la lengua legítima, una competencia que, al depender del patrimonio social, reexpresa las distinciones sociales en la lógica propiamente simbólica de las separaciones diferenciales, en una palabra, en la lógica propia de la distinción19.



18 Sólo lo facultativo puede dar lugar a efectos de distinción. Como muestra Pierre Encrevé, en el caso de conexiones categóricas, que todos pueden observar constantemente, comprendidas las clases populares, no hay lugar para el juego. Cuando las coerciones estructurales de la lengua quedan suspendidas, con las conexioens facultativas, el juego reaparece, con los correlativos efectos de distinción.

19 Como se ve, en el debate entre los nativistas (declarados o no) que hacen de la existencia de una disposición innata la condición de la adquisición de la capacidad de hablar, y los genetistas que hacen hincapié en el proceso de aprendizaje, no cabe tomar posición: basta, en efecto con que no se inscriba en la naturaleza y con que el roceso

de adquisición no se reduzca una simple maduración para que aparezcan diferencias

lingüísticas capaces de funcionar como signos de distinción social.


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La constitución de un mercado lingüístico crea las condiciones de una rivalidad objetiva en la cual y por la cual la competencia legítima puede funcionar como capital lingüístico que produce, en cada intercambio social, un beneficio de distinción. Como en parte se debe a la rareza de los productos (y de las correspondientes competencias), ese beneficio no corresponde exclusivamente al costo de formación.


El costo de formación no es una noción simple y socialmente neutra. Incluye —en grados diversos según las tradiciones escolares, las épocas y las disciplinas— gastos que pueden sobrepasar ampliamente el mínimo «técnicamente» exigióle para segurar la transmisión de la competencia propiamente dicha (partiendo de la base de que sea posible dar una definición estrictamente técnica de la formación necesaria y suficiente para cumplir una función y de la propia función, sobre todo si se tiene en cuenta que lo que se ha llamado «la distancia del rol» —es decir, la función— se incluye cada vez más en la definición de ésta a medida que se eleva de la jerarquía de las funciones). Así, por ejemplo, la duración de los estudios (que constituye un buen baremo del costo económico de la formación) tiende a valorarse por sí misma con independencia del resultado que produce (lo que determina a veces, en las «escuelas de élite», una especie de puja en el alargamiento de los ciclos de estudios). Además, y ambas opciones no son excluyentes, la cualidad social de la competencia adquirida, contrastada en la modalidad simbólica de

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las prácticas, es decir, en la manera de realizar los actos técnicos y poner en práctica esa competencia, puede aparecer como indisociable de la lentitud de la adquisición, puesto que los estudios cortos o acelerados son siempre sospechosos de dejar sobre sus productos los vestigios de lo hecho a marchas forzadas o los estigmas de la recuperación del tiempo perdido. Este consumo ostentoso de aprendizaje (es decir, de tiempo), aparente derroche técnico que cumple las funciones sociales de legitimación, se incluye en el valor socialmente atribuido a una competencia socialmente garantizada (es decir, hoy «certificada» por el sistema escolar).


Dado que el beneficio de distinción se debe de hecho a que la oferta de producto (o de locutores) correspondiente a un determinado nivel de cualificación lingüística (o, más corrientemente, cultural) es inferior a lo que sería si todos los locutores se beneficarian de iguales condiciones de adquisición de la competencia legítima que las que disfrutan los poseedores de una competencia excepcional,20 ese beneficio se distribuye lógicamente en función de las posibilidades de acceso a estas condiciones, es decir, en función de la posición ocupada en la estructura social.


20La hipótesis de la igualdad de posibilidades de acceso a las condiciones de adquisición de la competencia lingüística legítima es una simple experimentación mental que tiene por función revelar los efectos estructurales de la desigualdad.

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A pesar de lo que podría parecer, estamos aquí lejísimos del modelo saussuriano del homo lingüisticas que, al igual que el sujeto económico de la tradición walrasiana, es formalmente libre en sus producciones verbales (libre, por ejemplo, para decir ten en lugar de tren, como dicen lo niños), pero sólo puede ser comprendido, sólo puede intercambiar y comunicar a condición de ajustarse a las reglas del código común. Este mercado, donde la competid vidad pura y perfecta sólo se produce entre agentes tan intercambiables como los productos que estos agentes cambian y como las «situaciones» en que los cambian, y todos sometidos idénticamente al principio de la maximización del rendimiento (y al principio, también, de la maximización de las utilidades), está tan alejado del mercado lingüístico real como el mercado «puro» lo está del mercado económico real, con sus monopolios y oligopolios. Veremos esto más claramente en las páginas siguientes.


Al propio efecto de la rareza distintiva viene a añadirse el hecho de que, debido a la relación que une el sistema de diferencias lingüísticas y el sistema de diferencias económicas y sociales, nos encontramos no con un universo relativista de diferencias capaces de relativizarse mutuamente, sino con un universo jerarquizado de separaciones

en relación a una forma de discurso más o menos universalmente reconocido como legítimo, es decir, como el patrón de valor de los productos lingüísticos. La competencia dominante sólo funciona como un capital lingüístico que asegura un beneficio de distinción en su relación con las otras competencias en tanto en cuanto se cumplan permanentemente las necesarias condiciones (es decir, la unificación del mercado y la desigual distribución de posibilidades de acceso a

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los instrumentos de producción de la competencia legítima y a los lugares de expresión legítima) para que los grupos que la detentan estén en condiciones de imponerla como la única legítima en los mercados oficiales (mercados mundano, escolar, político, administrativo) y en la mayor parte de las interacciones lingüísticas en que se hallen comprometidos21.

Por eso, quienes quieran defender un capital lingüístico amenazado, como ocurre hoy en Francia con el conocimiento de las lenguas antiguas, están condenados a una lucha total: sólo se puede salvar el valor de la competencia a condición de salvar el mercado, es decir, el conjunto de las condiciones políticas y sociales de producción de los productores-consumidores. Los defensores del latín o, en otros contextos, del francés o del árabe, suelen actuar como si la lengua de su preferencia tuviera algún valor con independencia del mercado, es decir, por sus virtudes intrínsecas (como las cualidades «lógicas»); pero, en la práctica, defienden el mercado. Si el puesto que el sistema de enseñanza reserva a las diferentes lenguas (o a los diferentes contenidos culturales) es tan importante ello se debe a que esta institución tiene el monopolio de la producción masiva de productores-consumidores y, por consiguiente, de la reproducción del mercado del que depende el valor social de la competencia lingüística, su capacidad de funcionar como capital lingüístico.



21Las situaciones en que las producciones lingüísticas quedan expresamente sometidas a la evaluación, como pueden serlo los exámenes escolares o las entrevistas para contratación de puestos de trabajo, recuerdan la evaluación que se produce en todo intercambio lingüístico: a través de numerosas investigaciones se ha demostrado que las características lingüísticas influyen grandemente en el éxito escolar, las posibilidades de contratación para puestos de trabajo, el éxito profesional, la^ctitud de los médicos (que conceden mayor atención a los pacientes del medio burgués y a sus palabras,

formulando, por ejemplo, respecto a ellos, diagnósticos menos pesimistas) y más

generalmente en la inclinación de los receptores a cooperar con el emisor, a ayudarle

o a conceder crédito a las informaciones que suministra.

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EL CAMPO LITERARIO Y LA LUCHA POR LA AUTORIDAD LINGÜÍSTICA


Así, a través de la estructura del campo lingüístico como sistema de relaciones de fuerza propiamente lingüísticas fundadas en la desigual distribución del capital lingüístico (o, si se prefiere, en las posibilidades de incorporar los recursos lingüísticos objetivados), la estructura del espacio de los estilos expresivos reproduce en su orden la estructura de las diferencias que objetivamente separan las condiciones de existencia. Para comprender cabalmente la estructura de este campo, y en especial la existencia, dentro del campo de producción lingüística, de un subcampo de producción restringido cuyas propiedades fundamentales se originan en el hecho de que los productores producen allí prioritariamente para otros productores, hay que distinguir el capital necesario para la simple producción de un habla corriente

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más o menos legítima y el capital de instrumentos de expresión (que suponen la apropiación de los recursos depositados objetivamente en las bibliotecas, los libros, y en especial los «clásicos», las gramáticas y los diccionarios) necesario para la producción de un discurso escrito digno de ser publicado, es decir, oficializado. Esta producción de instrumentos de producción tales como las figuras gramaticales y de pensamiento, los géneros, las maneras o los estilos legítimos y, más generalmente, todos aquellos discursos destinados a «crear autoridad» y a ser citados como ejemplo del «buen uso», confieren a quien lo ejerce un poder sobre la lengua y, a través de él, sobre los simples utilizadores de la lengua y sobre su capital.


La lengua legítima sólo contiene en sí misma el poder de asegurar su propia perpetuación en el tiempo en la medida en que detenta el poder de definir su extensión en el espacio. Sólo esta especie de creación continuada que se produce en las incesantes luchas entre las diferentes autoridades enfrentadas, dentro del campo de producción especializada, en la competición por el monopolio de imposición del modo de expresión legítimo, puede asegurar la permanencia de la lengua legítima y de su valor, es decir, del reconocimiento que se le concede.

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Una de las propiedades genéricas de los campos consiste en que la lucha por ese monopolio específico disimula la colusión objetiva respecto a los principios del juego; y, más concretamente, tiende continuamente a producir y reproducir ese juego y lo que en él se ventila originando constantemente, primero entre los directamente comprometidos, pero no solamente entre ellos, la adhesión práctica al valor del juego y de sus apuestas que define el reconocimiento de la legitimidad. ¿Qué sucedería, en efecto, con la vida literaria si se llegara a disputar no sobre lo que vale el estilo de tal o cual autor, sino sobre lo que valen las disputas sobre el estilo? Cuando uno comienza a preguntarse si el juego vale lo que que en él se apuesta, es el fin del juego. Por su propia existencia, las luchas que oponen a los escritores respecto al arte de escribir legítimo contribuyen a producir la lengua legítima, definida por la distancia que la separa de la lengua «común», y la creencia en su legitimidad.


No se trata del poder simbólico que los escritores, gramáticos o pedagogos puedan ejercer sobre la lengua a título individual, que es con toda seguridad mucho más limitado que el que puedan ejercer sobre la cultura (por ejemplo, imponiendo una nueva definición de la literatura legítima, propia para transformar la «situación del mercado»). Se trata de la contribución que aportan, aparte de toda búsqueda intencional de la distinción, a la producción, consagración e imposición de una lengua distinta y distintiva. En la labor colectiva que se realiza a través de las luchas por el arbitrium et jus et norma loquendi del que hablaba Horacio, los escritores, autores más o menos autorizados, tienen que contar con los gramáticos, detentadores del monopolio de la consagración y de la canonización de los escritores y de las escrituras legítimas, que contribuyen a la construcción de la lengua legítima seleccionando, entre los productos ofrecidos, los que en su opinión merecen ser consagrados e incorporados a la competencia legítima por la inculcación escolar

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sometiéndoles, para ello, a un trabajo de normalización y de codificación para hacerles conscientemente maleables y, de esta forma, fácilmente reproducibles. Estos gramáticos, que pueden encontrar aliados entre los escritores institucionalizados en las academias, y que se atribuyen el poder de erigir normas e imponerlas, tienden a consagrar y a codificar, «razonándolo» y racionalizándolo, un uso particular de la lengua; así, contribuyen a determinar el valor que los productos lingüísticos de los diferentes utilizadores de la lengua pueden recibir en los diferentes mercados —y en particular los más directamente sometidos a su control directo o indirecto, como el mercado escolar—, delimitando el universo de las pronunciaciones, de las palabras o de los giros aceptables, y fijando una lengua censurada y depurada de todos los usos populares y especialmente de los más recientes.


Las variaciones correlativas de las diferentes configuraciones de la relación de fuerza entre las autoridades que continuamente se enfrentan en el campo de producción literaria en nombre de principios de legitimación muy diferentes, no pueden disimular las invariantes estructurales que, en las más diversas situaciones históricas, imponen a los protagonistas el recurso a las mismas estrategias y a los mismos argumentos para afirmar y legitimar su pretensión a legislar sobre la lengua y para condenar la de sus competidores. Y, frente al «uso elegante» de los mundanos y la pretensión de los escritores de poseer la ciencia infusa del buen uso, los gramáticos invocan siempre el uso razonado, es decir, el «sentido de la lengua» que confiere el conocimiento de los principios de «razón» y de «gusto» constitutivos de la gramática. En cuanto a los escritores, cuyas pretensiones se afirman sobre odo con el romanticismo, invocan el genio contra la regla, haciendo profesión de fe de ignorar las llamadas al orden de quienes Hugo llamaba altivamente los «gramatistas»22.



22Mejor que multiplicar hasta el infinito las citas de escritores o gramáticos que sólo cobrarían su sentido pleno mediante un verdadero análisis histórico del estado del campo en que, en cada caso particular, se producen, nos limitaremos con remitir a quienes quieren hacerse una idea concreta de esta lucha permanente a B. Quemada, Les dictionnaires du français moderne, 1539-1863, Paris, Didier, 1968, PP. 193, 204, 207, 210, 216, 226, 228, 229, 230 m. 1, 231, 233, 237, 239, 241, 242, 242 y F. Brunot, Op. Cit., sobre todo T. 11-13 passim. La lucha por el control de la planificación lingüística del noruego tal como lo describe Haugen permite observar una división semejante de los roles y de las estrategias entre los escritores y los gramáticos (ver. E. Haugen, Language Conflit and Language Planning The Case of Norwegian, Cambridge, Harvard University Press, 1966, sobre todo PP. 296 y siguientes).

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Cabe que ninguno de los actores comprometidos en las luchas literarias desee nunca como tal la desposesión objetiva de las clases dominadas (ya se sabe que siempre hay escritores para celebrar la lengua «barriobajera», por ejemplo, u «olvidarse del diccionario» o imitar las hablas populares). Lo que no impide que tal desposesión esté relacionada con la existencia de un cuerpo de profesionales objetivamente investidos con el monopolio del uso legítimo de la lengua legítima, que producen para su propio uso una lengua especial predispuesta a cumplir por añadidura una función social de distinción en las relaciones de clases y en las luchas que les oponen en el ámbito de la lengua. Y que se relaciona también con la existencia de una institución como el sistema de enseñanza que, comisionado para sancionar, en nombre de la gramática, los productos heréticos y para inculcar la norma explícita

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que contrapesa los efectos de las leyes de evolución, contribuye. en gran medida a constituir como tales los usos dominados de la lengua consagrando el uso dominante como único legítimo, por el solo hecho de inculcarlo. Pero relacionar directamente la actividad de los escritores o profesores con el efecto al que objetivamente contribuyen,

a saber la des valorización de la lengua resultante de la propia existencia de una lengua literaria, sería olvidar lo esencial: quienes se aventuran en el campo literario sólo contribuyen a la dominación simbólica en la medida en que los efectos de su posición en ese campo y los intereses que esa posición les induce a perseguir ocultan siempre, ante ellos mismos y ante los demás, los efectos externos, que surgen, por lo demás, de este mismo desconocimiento.

Las propiedades que caracterizan la excelencia lingüística pueden resumirse en dos palabras, distinción y corrección. El trabajo que se realiza en el campo literario produce las apariencias de una lengua original procediendo a un conjunto de derivaciones que tienen por principio una diferencia con relación a los usos más frecuentes, es decir, «comunes», «corrientes», «vulgares».

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El valor nace siempre de la diferencia, electiva o no, con relación al uso más extendido, «lugares comunes», «sentimientos corrientes», «giros triviales», «expresiones vulgares», «estilo fácil»23. En los usos de la lengua como en los estilos de vida, sólo hay definición relacional: el lenguaje «rebuscado», «selecto», «noble», «elevado», «refinado», «preclaro», «distinguido», contiene una referencia negativa (las propias palabras para designarlo lo dicen) al lenguaje «común», «corriente», «ordinario», «hablado», «familiar» o, incluso, «popular», «crudo», «grosero», «descuidado», «libre», «trivial», «vulgar», sin hablar de lo innominable, «galimatías» o «jerga», «guirigay» o «jerigonza». Las oposiciones con arreglo a las cuales se engendra esta serie, oposiciones que, tomadas de la lengua legítima, se organizan desde el punto de vista de los dominantes, pueden reducirse a dos: la oposición entre «distinguido» y «vulgar» o «raro» y «común», y la oposición entre «riguroso» (o «noble») y «descuidado» (o «libre») que representan sin duda la especificación en el orden del lenguaje de la oposición anterior, de aplicación muy general. Sucede como si el principio de la jerarquización de las hablas de clase no fuera más que el grado de control que estas hablas manifiestan y la intensidad de la corrección que suponen. Así, la lengua legítima es una lengua semiartificial que debe ser apoyada por un trabajo permanente de corrección que incumbe a la vez a instituciones


23 Cabe oponer un estilo en sí, producto objetivo de una «elección» inconsciente o incluso forzosa (como pueda serlo la «elección» objetivamente estética de un mueble o de un traje, que se impone por la necesidad económica) y un estilo para sí producto de una elección que, desde el momento mismo en que se vive como libre y «pura», está determinada también, pero determinada por las coerciones específicas de la economía de los bienes simbólicos; como por ejemplo la referencia explícita o implícita a la elección forzosa de quienes no tienen elección, puesto que el lujo mismo sólo tiene sentido con relación a la necesidad.

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especialmente preparadas para este fin y a los locutores singulares. A través de sus gramáticos, que fijan y codifican el uso legítimo y de sus maestros, que imponen e inculcan por innumerables acciones de corrección, en esta materia como en otras, el sistema escolar tiende a producir la necesidad de sus propios servicios y de sus propios productos, de su propio trabajo y de sus propios instrumentos de corrección24. La relativa perdurabilidad en el tiempo (y en el espacio) de la lengua legítima se debe al hecho de estar siempre protegida frente a la propensión a una economía de esfuerzo y de rigor que induce a la simplificación analógica (por ejemplo, cabo por quepo o contradecido por contradicho). 


24Entre los errores que acarrea la utilización de conceptos como los de «aparato» o de «ideología, cuyo ingenuo finalismo se eleva a la segunda potencia con los «aparatos ideológicos de Estado», no es el menor el desconocimiento de la economía de las instituciones de producción de bienes culturales: basta con pensar, por ejemplo, en la industria cultural orientada hacia la producción de servicios y de instrumentos de corrección lingüística (entre otros, la edición de manuales, gramáticas, diccionarios, «guías de correspondencia», «compendios de discursos modelos», libros para niños, etc., y los millares de agentes de sectores público o privado cuyos más vitales intereses materiales y simbólicos se invierten en el juego de competencia que les arrastra a contribuir, por añadidura, y frecuentemente a su costa, a la defensa e ilustración de la lengua legítima.

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Más aún, la expresión correcta, es decir corregida, debe sus propiedades sociales esenciales al hecho de que sólo pueda producirse por locutores que poseen el dominio práctico de las reglas cultas, explícitamente constituidas por un trabajo de codificación y expresamente inculcadas por un trabajo pedagógico. Tal es, en efecto, la paradoja de toda pedagogía institucionalizada: su meta es instituir como esquemas prácticos reglas que el trabajo de los gramáticos recoge de la práctica de los profesionales de la expresión escrita (del pasado) mediante una labor de explicitación y codificación retrospectiva. El «buen uso» es producto de una competencia que constituye una gramática incorporada, tomando expresamente la palabra gramática (y no tácitamente como entre los lingüistas) en su verdadero sentido de sistema de reglas cultas, derivadas del ex post del discurso efectuado e instituidas como normas imperativas del discurso a efectuar. De donde se deduce que sólo puede darse cabalmente razón de las propiedades y de los efectos sociales de la lengua legítima a condición de tener en cuenta no sólo las condiciones sociales de producción de la lengua literaria y de su gramática sino también las condiciones sociales de imposición e inculcación de ese código culto como principio de producción y de valoración de la palabra25.


25 Hay otra propiedad de la lengua legítima debida a las condiciones sociales de producción y de reproducción: la autonomía con relación a las funciones prácticas o, más concretamente, la relación neutralizada y neutralizante con la «situación», con el objeto del discurso o el interlocutor, implícitamente exigida en todas las ocasiones en las que se apela por su solemnidad a un uso controlado y tenso de la lengua. El uso hablado de la «lengua escrita» sólo se adquiere en condiciones en que objetivamente ese uso se inscribe en la situación en forma de libertades, facilidades y, sobre todo, de tiempo libre, como neutralización de urgencias prácticas; e implica la disposición que se adquiere en y por ejercicios de manipulación de la lengua sin otra necesidad que la que crea totalmente el juego escolar.

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LA DINÁMICA DEL CAMPO LINGÜÍSTICO


Dado que las leyes de transmisión del capital lingüístico son un caso particular de las leyes de la transmisión legítima del capital cultural entre las generaciones, cabe afirmar que la competencia lingüística medida según los criterios escolares depende, como las demás dimensiones del capital cultural, del nivel de instrucción estimado por los títulos sociales y de la trayectoria social. Como el dominio de la lengua legítima puede adquirirse por la familiarización, es decir, a través de una exposición más o menos prolongada de la lengua legítima o por la inculcación expresa de reglas explícitas, los grandes tipos de modos de expresión corresponden a tipos de modos de adquisición, es decir, a diferentes formas de combinación entre los dos principales factores de producción de la competencia legítima, la familia y el sistema escolar.


En este sentido, como la sociología de la cultura, la sociología del lenguaje es lógicamente indisociable de una sociología de la educación. En tanto que mercado lingüístico estrictamente sometido a los veredictos de los guardianes de la cultura legítima, el mercado escolar está estrictamente dominado por los productos lingüísticos de la clase dominante y tiende a sancionar las diferencias de capital preexistentes: el efecto acumulado de un débil capital cultural y de la correlativa débil propensión a aumentarlo por la inversión escolar condena a las clases más desprovistas a las sanciones negativas del mercado escolar, es decir, a la eliminación o a la autoeliminación precoz que unos mediocres resultados entraña. Las diferencias iniciales tienden, pues, a reproducirse debido a que la duración de la inculcación tiende a variar paralelamente a su rendimiento; los menos inclinados o menos aptos para aceptar y adoptar el lenguaje escolar son también los que menos tiempo están expuestos a ese lenguaje y a los controles, correcciones y sanciones escolares.

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Como el sistema escolar dispone de la necesaria autoridad delegada para ejercer universalmente una acción de inculcación duradera en materia de lenguaje y tiende a proporcionar la duración y la intensidad de esta acción al capital cultural heredado, los mecanismos sociales de transmisión cultural tienden a asegurar la reproducción de la diferencia estructural entre la distribución, muy desigual, del conocimiento de la lengua legítima y la distribución, mucho más uniforme del reconocimiento de esta lengua, lo que constituye uno de los factores determinantes de la dinámica del campo lingüístico y, por eso mismo, de los cambios de la lengua. En efecto, las luchas lingüísticas que son origen de estos cambios suponen locutores que tengan (más o menos) el mismo reconocimiento del uso autorizado y de los conocimientos desiguales de este uso. Así, si las estrategias lingüísticas

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de la pequeña burguesía y especialmente su tendencia a la hipercorrección, expresión particularmente típica de una buena voluntad cultural que se expresa en todas las dimensiones de la práctica, han podido aparecer como el principal factor de cambio lingüístico, eso quiere decir que la diferencia generadora de tensión y de pretensión, entre el conocimiento y el reconocimiento, entre las aspiraciones y los medios de satisfacerlas, alcanzan su grado máximo en las regiones intermedias del espacio social. Esta pretensión, reconocimiento de la distinción que se traiciona en el esfuerzo mismo para negarla apropiándose de ella, produce en el campo de competencia una presión permanente que sólo puede suscitar nuevas estrategias de distinción entre los poseedores de las marcas socialmente distintivas que se reconocen como distinguidas. La hipercorrección pequeño-burguesa que busca sus modelos e instrumentos de corrección de acuerdo con los más consagrados árbitros del uso legítimo, académicos, gramáticos, profesores, se define como relación subjetiva y objetiva con la «vulgaridad» popular y con la «distinción» burguesa. De suerte que la contribución que este esfuerzo de asimilación (con las clases burguesas) al mismo tiempo que de disimilación (con relación a las clases populares) aporta al cambio lingüístico es simplemente más visible que las estrategias de disimilación que suscita de rechazo por parte de los poseedores de una competencia más escasa.

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El evitar consciente o inconsciente las marcas más visibles de la tensión y de la rigidez lingüísticas de los pequeños burgueses (por ejemplo, la utilización de formas «redichas» da imagen de «viejo maestro») puede inducir a losburgueses o intelectuales hacia la hipocorrección controlada que asocia la distensión lingüística y la soberana ignorancia de las reglas puntillosas a la exhibición de desenvoltura en los más peligrosos terrenos26. Producir la rigidez ahí donde el común de las gentes cede a la distensión, la facilidad ahí donde se muestra el esfuerzo y la desenvoltura en la tensión es lo que constituye la diferencia con las formas pequeño-burguesas o populares de rigidez y de desenvoltura, otras tantas estrategias —frecuentemente inconscientes— de distinción que dan lugar a infinitas pujas, con incesantes vuelcos a favor o en contra hechos para desalentar la búsqueda de propiedades no relaciónales de los estilos lingüísticos. Así, para dar razón de la nueva forma de hablar de los intelectuales, un poco vacilante, incluso titubeante, interrogativa («¿no?») y entrecortado, que


26 No es, pues, una casualidad, como observa Troubetzkoy el hecho de que, «la articulación indolente» constituya una de las formas más universalmente observadas de caracterizar la distinción (N. S. Troubetzkoy, Principes dephonologie, Paris, Kincksieck, 1957, P. 22). En realidad, como Pierre Encrevé me ha hecho observar, el relajamiento estratégico de la tensión sólo excepcionalmente afecta al nivel fonético. Así, la distancia falsamente negada continúa señalándose en la pronunciación. Y ya es sabido todos los efectos que los escritores —Raymond Queneau, por ejemplo— han podido extraer del uso sistemático de semejantes desnivelaciones entre los diferentes aspectos del discurso.

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puede verse tanto en Estados Unidos como en Francia, habría que tener en cuenta toda la estructura de usos con relación a los cuales se define diferencialmente: por una parte, el antiguo uso profesoral (con sus períodos, sus imperfectos de subjuntivo, etc.), asociada a una imagen devaluada del rol magistral y, por otra, los nuevos usos pequeño-burgueses que son producto de una difusión ampliada del uso escolar y que abarcan desde el uso liberado, forma mixta entre la tensión y la desenvoltura y característico más bien de la nueva pequeña burguesía, hasta la hipercorrección de un habla demasiado refinada inmediatamente devaluada por una ambición demasiado evidente, que constituye la marca de la pequeña burguesía de promoción.


El hecho de que estas prácticas distintivas sólo puedan comprenderse en relación al universo de las prácticas composibles no implica que haya que buscar su origen en un deseo consciente de distinguirse. Todo permite suponer que tales prácticas arraigan en un sentido empírico de la escasez de marcas distintivas (lingüísticas o de otro tipo) y de su evolución en el tiempo: las palabras que se divulgan pierden su poder discriminante y tienden por esto a ser percibidas como intrínsecamente triviales, comunes, por lo tanto fáciles o gastadas, puesto que la difusión está ligada al tiempo. Sin duda, el origen de los deslizamientos inconscientes hacia rasgos estilísticos que dan más «clase» o hacia usos más raros de rasgos divulgados, hay que verlo en la correlativa laxitud de la expresión repetida, asociada al sentido de la rareza.

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Así, las diferencias distintivas son causa activa del incesante movimiento que, destinado a anularlas, tiende de hecho a reproducirlas (por una paradoja que sólo sorprende cuando se ignora que la constancia puede suponer el cambio). Las estrategias de asimilación y de disimilación que originan los cambios de los diferentes usos de la lengua no solamente afectan a la estructura de distribución de esos diferentes usos y al mismo tiempo, al sistema de diferencias distintivas (los estilos expresivos) en que se manifiestan, sino que tienden también a reproducirla (bajo una forma fenomenalmente diferente). Como el motor del cambio no es otro que el conjunto del campo lingüístico o, más concretamente, el conjunto de las acciones y reacciones que se engendran continuamente en el univerno de las relaciones competitivas del campo, el centro de este movimiento perfecto está en todas partes y en ninguna, ante la gran desesperanza de quienes, encerrados en una filosofía de la difusión fundada en la imagen de la «mancha de aceite» (según el demasiado famoso modelo del two-step flow) o del «chorreo» (trickle-down), se obstinan en situar el principio del cambio en un lugar determinado del campo lingüístico. Lo que se describe Como un fenómeno de difusión no es más que el proceso resultante de la situación competitiva que conduce a cada agente, a través de innumerables estrategias de asimilación y de disimilación (con relación a los que están situados antes y detrás de él en el espacio social y en el tiempo), a cambiar constantemente de propiedades sustanciales (pronunciaciones, léxicos, giros sintácticos, etc.) conservando, por la competencia misma, la diferencia que la origina. Esta constancia

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estructural de los valores sociales de los usos de la lengua legítima es comprensible teniendo en cuenta que la lógica y los fines de las estrategias destinadas a modificarla están dirigidos por la propia estructura, a través de la situación en ella de quien los realiza. Al no ir más allá de las acciones y de las interacciones tomadas en su inmediatez directamente visible, la visión «interaccionista» no puede descubrir que las estrategias lingüísticas de los diferentes agentes dependen estrechamente de su posición en la estructura de distribución del capital lingüístico. Un capital lingüístico que, a través de la estructura de las oportunidades de acceso al sistema escolar, depende a su vez de la estructura de las relaciones de clase. Asimismo, esa visión no puede tampoco conocer los mecanismos profundos que, a través de los cambios de superficie, tienden a asegurar la reproducción de la estructura de las diferencias distintivas y la conservación de la renta de situación asociada a la posesión de una competencia rara, y, por tanto, distintiva.

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