1
Pensó un día un lobo cambiar su apariencia para así facilitar la obtención de su comida. Se metió entonces en una piel de oveja y se fue a pastar con el rebaño, despistando totalmente al pastor. Al atardecer, para su protección, fue llevado junto con todo el rebaño a un corral, quedando la puerta asegurada. Pero en la noche, al buscar el pastor su provisión de carne para el día siguiente, tomó al lobo creyendo que era un cordero y lo sacrificó al instante.
2
Buscando un cazador la pista de un león, preguntó a un leñador si había visto los pasos de la fiera y dónde tenía su refugio. —Te señalaré el león mismo —dijo el leñador. —No, no busco el león, solo la pista —repuso el cazador, pálido de miedo y castañeteando los dientes.
3
Dijo un día una liebre a una zorra: —¿Podrías decirme si realmente es cierto que tienes muchas ganancias, y por qué te llaman la “ganadora”? —Si quieres saberlo —contestó la zorra—, te invito a cenar conmigo. Aceptó la liebre y la siguió; pero al llegar a casa de doña zorra vio que no había más cena que ella misma. Entonces dijo la liebre: —¡Al fin comprendo para mi desgracia de dónde viene tu nombre: no es de tus trabajos, sino de tus engaño
4
Protegido por la seguridad del corral de una casa, un cabrito vio pasar a un lobo y comenzó a insultarlo, burlándose ampliamente de él. El lobo, serenamente, le replicó: —¡Infeliz! Sé que no eres tú quien me está insultando, si no el sitio en que te encuentras.
5
Encontró un lobo a una cabra que pastaba en el borde de un precipicio. Como no podía llegar a donde estaba ella le dijo: —Oye, amiga, mejor baja pues ahí te puedes caer. Además, mira este prado donde estoy yo, está bien verde y crecido. Pero la cabra le dijo: —Bien sé que no me invitas a comer a mí, sino a ti mismo, siendo yo tu plato.
6
Una vez una pulga molestaba mucho a un hombre que, atrapándola, gritó: «¿Quién eres tú que me comes todo mi cuerpo y me picas sin ton ni son?». Clamó la pulga: «Vivimos así, no me mates; porque no puedo hacer mucho daño». El hombre se rio y le dijo así: «Pueste voy a matar ahora mismo conmispropiasmanos;porque a todomal, grande o pequeño, hay que impedirlo que aumente».
7
Un burro cargado de sal atravesaba un río. Al resbalar se cayó al agua y como se disolvió parte de la sal, se levantó más ligero. El burro se quedó contento de la caída. Más tarde, cuando cargado de esponjas pasó otra vez por un río, creyó que si se dejaba caer de nuevo se levantaría más ligero, entonces resbaló adrede. Y le ocurrió que, al empaparse de agua las esponjas, no pudo levantarse y se ahogó allí.
8
Un pesacador al echar la red sacó un boquerón. Y este le suplicaba que lo soltara, pues ahora era pequeño y más adelante, cuando creciera, podría cogerlo por serle ya de mayor utilidad. El pescador dijo: «Muy tonto habría de ser yo si, dejando marchar la ganancia que tengo en las manos, persiguiera una esperanza incierta».
9
«No camines de lado», le dijo la cangreja a su hijo, «no vayas a rastras, torcido, sobre la piedra mojada». Y el cangrejito respondió: «Madre y maestra, primero anda tú derecha y cuando yo te vea, así lo haré».
10
Un mosquito se posó en el cuerno de un toro y, al poco, le dijo con un breve zumbido: «Si te peso y te hago doblar la cerviz me voy y me poso en un chopo del río». Y el toro repuso: «Me trae sin cuidado tanto si te quedas como si te vas, porque ni me he enterado de cuándo llegaste».
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