Actividad 2. Examen Interactivo - Espíritu Santo: fe y acciónOnline version
Actividad 2. Examen Interactivo - Espíritu Santo: fe y acción
1
¿Qué significa creer en el Espíritu Santo según la fe cristiana?
2
¿Por qué la misión del Hijo y del Espíritu es inseparable?
3
¿Cuáles son algunos apelativos, formas de llamar, al Espíritu Santo?
4
¿Con qué símbolos se representa al Espíritu Santo?
5
¿Qué significa que el Espíritu Santo inspiró a profetas y escritores sagrados?
6
¿Qué obra realiza el Espíritu Santo en Juan el Bautista?
7
¿Qué papel tiene el Espíritu Santo en María?
8
¿Qué relación hay entre Espíritu Santo y Jesucristo en su misión?
9
¿Qué sucede en Pentecostés?
10
¿Qué hace el Espíritu Santo en la Iglesia?
Explicación
Creer en el Espíritu Santo es profesar la fe en la tercera Persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo y «que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria». El Espíritu Santo «ha sido enviado a nuestros corazones» (Ga 4, 6), a fin de que recibamos la nueva vida de hijos de Dios.
La misión del Hijo y la del Espíritu son inseparables porque en la Trinidad indivisible, el Hijo y el Espíritu son distintos, pero inseparables. En efecto, desde el principio hasta el fin de los tiempos, cuando Dios envía a su Hijo, envía también su Espíritu, que nos une a Cristo en la fe, a fin de que podamos, como hijos adoptivos, llamar a Dios «Padre» (Rm 8, 15). El Espíritu es invisible, pero lo conocemos por medio de su acción, cuando nos revela el Verbo y cuando obra en la Iglesia.
«Espíritu Santo» es el nombre propio de la tercera Persona de la Santísima Trinidad. Jesús lo llama también Espíritu Paráclito (Consolador, Abogado) y Espíritu de Verdad. El Nuevo Testamento lo llama Espíritu de Cristo, del Señor, de Dios, Espíritu de la gloria y de la promesa.
Son numerosos los símbolos con los que se representa al Espíritu Santo: el agua viva, que brota del corazón traspasado de Cristo y saciar la sed de los bautizados; la unción con el óleo, que es signo sacramental de la Confirmación; el fuego, que transforma cuanto toca; la nube oscura y luminosa, en la que se revela la gloria divina; la imposición de manos, por la cual se nos da el Espíritu; y la paloma, que baja sobre Cristo en su bautismo y permanece en Él.
Con el término «Profetas» y «Escritores sagrados» se entiende a cuantos fueron inspirados por el Espíritu Santo para hablar en nombre de Dios. La obra reveladora del Espíritu en las profecías del Antiguo Testamento halla su cumplimiento en la revelación plena del misterio de Cristo en el Nuevo Testamento.
El Espíritu colma con sus dones a Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento, quien, bajo la acción del Espíritu, es enviado para que «prepare al Señor un pueblo bien dispuesto» (Lc 1, 17) y anunciar la
venida de Cristo, Hijo de Dios: aquel sobre el que ha visto descender y permanecer el Espíritu, «aquel que bautiza en el Espíritu» (Jn 1, 33).
El Espíritu Santo culmina en María las expectativas y la preparación del Antiguo Testamento para la venida de Cristo. De manera única la llena de gracia y hace fecunda su virginidad, para dar a luz al Hijo de Dios
encarnado.
Desde el primer instante de la Encarnación, el Hijo de Dios, por la unción del Espíritu Santo, es consagrado Mesías en su humanidad. Jesucristo revela al Espíritu con su enseñanza, cumpliendo la promesa hecha a los Padres, y lo comunica al pueblo.
En Pentecostés, cincuenta días después de su Resurrección, Jesucristo glorificado infunde su Espíritu en abundancia y lo manifiesta como Persona divina, de modo que la Trinidad Santa queda plenamente revelada. La misión de Cristo y del Espíritu se convierte en la misión de la Iglesia, enviada para anunciar y difundir el misterio de la comunión trinitaria.
El Espíritu Santo edifica, anima y santifica a la Iglesia; como Espíritu de Amor, nos devuelve a los bautizados la semejanza divina, perdida a causa del pecado, y nos hace vivir en Cristo la vida misma de la Trinidad Santa. Nos envía a dar testimonio de la Verdad de Cristo y nos organiza en sus respectivas funciones, para que todos demos «el fruto del Espíritu» (Ga 5, 22).
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